
El 7 de noviembre se celebra en todo el país el Día del Canillita, el vendedor de diarios que vocea en las madrugadas el matutino que ofrece a los lectores.
La fecha se relaciona con la muerte de Florencio Sánchez, dramaturgo uruguayo que a principios del 1900 estrenó en Argentina la obra Canillita cuyo protagonista era un niño repartidor de periódicos.
El artista bautizó así al personaje cuando vio las “canillas” de un chico que repartía diarios y asomaban debajo de sus pantalones acortados, ya que se conoce vulgarmente así a la parte inferior de las piernas.
En Las Breñas se toma este relato del libro “Relatos amurados” (Editorial Breñas Pueblo, 2016), del escritor local Hernando Nelson Ávila para un sincero homenaje a todos los que acercan diarios y otros periódicos a cada lector.
González
“Son casi las seis y González se despide de sus perros flacos y mugrientos. Pasa la traba al portón y cierra, como todos los días, un día más de descanso; porque González no cuenta amaneceres sino noches de sosiego para ese cuerpo agotado y quejumbroso que le avisa con agujas en las rodillas el deterioro de los años.
Cada vuelta de la corona lo acerca a la distribuidor de diarios y lo aleja un poquito del recuerdo de la paz de su cama. Y justo ahora, cuando las rodillas no obedecen, parece que los perros del barrio se empecinan en desafiar con ladridos desaforados el rechinar de los ejes de la vieja bicicleta. Por las dudas leva, cruzada sobre el canasto de la bicicleta, una gruesa varilla de paraíso que usa como bastón y como lanza para espantar a los cuzcos garroneros.
El aire frío parece taladrar las narices, solamente lo corta el aromad el pan recién horneado de la panadería de la avenida, que mientras invade las veredas, lo atrae y lo obliga al esfuerzo de descender de la bicicleta. Guarda una bolsita de bizcochos calientes dentro de la bolsa de plástico donde llevará los diarios y poco a poco, lo alimentarán durante una mañana larga de cuadras y cuadras.
Roberto está frente a la distribuidora fumando un pucho, con una gorra que casi le tapa la cara, temblando de frío y con los dedos duros. Se refriega las manos intentando un poco de calor, pero se las aguanta, sbe que dentro del local no se puede fumar. De pronto se escucha el quejido mecánico de González que se acerca y Roberto lo recibe con un “¡Caburé, tirá a la mierda esa bicicleta!”. González está acostumbrado a esas bromas y solo sonríe, estaciona su armatoste junto al cordón y le dice “No me digas Caburé, hermano”.
Justo a mí me dicen Caburé – piensa – justo a mi, que nunca conocí el amor ni a una mujer. Justo a mí, que si algo me esquivó en la vida fue la fortuna. Caburé…, caburé, justo a mí.
Guarda la pila de diarios junto a los bizcochos en la bolsa y con un esfuerzo inimaginable sube a su bicicleta. Es hora de empezar la recorrida.
Y ahí va González, a grito desatado por la avenida avisando que llegó el diario. Dando vueltas y vueltas a su corona, regalándole unos kilómetros más al destino, aunque sabe que en cada vuelta, se le va un poquito la vida.

