El primer día del año se celebró la solemne fiesta de María, Madre de Dios, título que le atribuyó oficialmente a María en el concilio de Éfeso en el año 431, y en el templo parroquial el párroco Rubén Pérez presidió la Santa Misa.

La ceremonia contó con una buena asistencia de fieles que compartieron la proclamación de la palabra según el Evangelio de Lucas 2,16-21 y en la homilía destacó que “en la solemnidad de María Madre de Dios, la Iglesia nos invita a mirar y contemplar a María, ya que ella guardaba en su corazón todas las vivencias desde el anuncio del ángel, lo que muchos le decían de lo que iba a ser ese Niño, aunque ella ya sabe. Todo lo guarda y lo pone en las manos del Señor, algo que debemos aprender a guardar también nosotros en el corazón; por ahí no entendemos algún dolor o enfermedad y en el transcurrir del tiempo lo entendemos y podemos comprender que Dios tiene un proyecto para todos nosotros y debemos cuidar lo que nos tiene preparado”.

Además de la explicación, el celebrante destacando que se empieza a vivir el año santo jubilar, leyó unos párrafos del Papa Francisco ya que este uno de enero de 2025 fue la 58ª edición de la Jornada Mundial de la Paz que fue establecida por Pablo VI. En esta ocasión, el Santo Padre eligió por título "Perdona nuestras ofensas: danos tu paz".

Mensaje del Papa

“Al inicio de este nuevo año que nos da el Padre celestial, tiempo jubilar dedicado a la esperanza, dirijo mi más sincero deseo de paz a toda mujer y hombre, en particular a quien se siente postrado por su propia condición existencial, condenado por sus propios errores, aplastado por el juicio de los otros, y ya no logra divisar ninguna perspectiva para su propia vida. A todos ustedes, esperanza y paz, porque este es un Año de gracia que proviene del Corazón del Redentor.

En el 2025 la Iglesia católica celebra el Jubileo, evento que colma los corazones de esperanza. El “jubileo” se remonta a una antigua tradición judía, cuando el sonido de un cuerno de carnero -en hebreo yobel- anunciaba, cada cuarenta y nueve años, uno de clemencia y liberación para todo el pueblo. Este solemne llamamiento debía resonar idealmente en todo el mundo, para restablecer la justicia de Dios en distintos ámbitos de la vida: en el uso de la tierra, en la posesión de los bienes, en la relación con el prójimo, sobre todo respecto a los más pobres y a quienes habían caído en desgracia. El sonido del cuerno recordaba a todo el pueblo -al que era rico y al que se había empobrecido- que ninguna persona viene al mundo para ser oprimida; somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre, nacidos para ser libres según la voluntad del Señor.

A buscar la justicia

También hoy, el Jubileo es un evento que nos impulsa a buscar la justicia liberadora de Dios sobre toda la tierra. Al comienzo de este Año de gracia, en lugar del cuerno nosotros quisiéramos ponernos a la escucha del «grito desesperado de auxilio» que, como la voz de la sangre de Abel el justo, se eleva desde muchas partes de la tierra, y que Dios nunca deja de escuchar. También nosotros nos sentimos llamados a ser voz de tantas situaciones de explotación de la tierra y de opresión del prójimo. Dichas injusticias asumen a menudo la forma de lo que san Juan Pablo II definió como «estructuras de pecado», porque no se deben sólo a la iniquidad de algunos, sino que se han consolidado -por así decirlo- y se sostienen en una complicidad extendida…”